domingo, 30 de octubre de 2011

♥ MADMP - Capítulo 8 ♥



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Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es de Lynne Graham. Yo solo me dedico a adaptarla a nuestra tan amada saga.
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Capítulo 8
Conspiración

A la mañana siguiente, luciendo junto a su anillo de bodas el anillo de diamantes que Edward le había regalado tras la romántica noche que acababan de pasar, Bella acabó teniendo que hacerlo todo precipitadamente. Después desayunar en la cama y prometer a Edward que solo tardaría me­dia hora, revisó todo su equipaje varias veces antes de optar por una falda lila y una blusa a juego que le parecieron más formales que el resto. Cuando sa­lió del dormitorio, Kaure la estaba esperando junto a una de las sirvientas de la casa que hablaba inglés y que explicó a Bella que Kaure quería enseñarle oficialmente la casa. No queriendo ofenderla, Bella sonrió con la esperanza de que Edward se mostrara paciente.
Le encantaba Sonngul. Era un lugar especial, fuera del tiempo, en el que Edward y ella habían vuelto a encontrarse sin la intrusión del mundo exterior. Estaba admirando el maravilloso e in­menso armario lleno de ropa de cama que le esta­ba enseñando Kaure cuando Edward apareció y le dedicó una típica mirada de impaciencia masculi­na.
—Tenemos que estar en el aeropuerto en menos de una hora... ¿para qué estás mirando esas sábanas?
—Kaure ha querido enseñarme oficialmente la casa —dijo Bella en tono de censura.
Cuando pasaban junto a la zona que Edward utili­zaba como despacho, este se detuvo un momento para retirar un fax que estaba llegando en aquellos momentos. Tras guardarlo en una carpeta que tomó consigo, volvió a reunirse con ella.
—Si no hubiera tenido trabajo esperándome, me habría quedado en la cama más tiempo.
A la sombra de los árboles que bordeaban el sen­dero que llevaba al helipuerto, Edward dio un apasio­nado beso a Bella que hizo que los sentidos de esta prácticamente se pusieran a cantar.
En el aeropuerto de Bodrum, Bella no pudo evitar sentirse impresionada al ver el bonito jet privado que los esperaba con el logo de MMI grabado en la cola.
—No hay duda de que sabes cómo viajar —dijo tras el despegue, mientras contemplaba la lujosa ca­bina en que se hallaba y la cantidad de espacio que rodeaba su cómodo asiento de cuero color crema.
No obtuvo respuesta de su marido y sonrió. Edward estaba sentado frente a un escritorio que se hallaba en el lado opuesto, con el portátil abierto y total­mente concentrado en los documentos que había llevado consigo.
Edward no se había dado cuenta de que uno de los faxes que había llegado aquella mañana era la respuesta del banco turco al que había pedido informa­ción. Por tanto, al echar un vistazo a la hoja no ha­bía entendido inicialmente por qué aparecía el nombre de Bella en ella. Pero al ver también el nombre de James Gigandet, y muy a pesar de sí mismo, comprendió lo que significaba.
Tenía que haber un error. Miró de reojo a Bella, que lo estaba observando y le dedicó una maravillo­sa sonrisa, como si no tuviera la más mínima preocupación en el mundo.
—Bella... —dijo, sin ninguna expresión.
Algo en su voz hizo que ella se pusiera tensa. —¿Qué sucede?
Edward se levantó y la miró sin que un solo múscu­lo se moviera en su rostro.
—Debías saber que iba a averiguarlo. Por eso te has casado conmigo, ¿verdad?
Bella frunció el ceño.
—¿Qué sucede?
Edward se apoyó contra la esquina del escritorio mientras la incredulidad y la rabia crecían en su in­terior. Se lo había puesto tan fácil... ¡No podía creer que hubiera sido tan estúpido! ¿De verdad había creído que era él quien controlaba los aconteci­mientos? En cuatro días, Bella había logrado hacerse con su anillo de bodas, quedando así a salvo de toda amenaza.
Ya daba lo mismo lo que averiguara. Bella podía permitirse seguir mirándolo con aquel aire de inocencia, pues sabía que no era nada probable que él decidiera denunciar a su propia esposa. Se había ca­sado con una ladrona. Una ladrona mentirosa que había conspirado con James Gigandet para robarle más de doscientas mil libras. Tomo el fax que había recibido y lo colocó ante ella.
Bella tomó la hoja y trató de leerla.
—Pero está escrito en turco...
—Estoy seguro de que puedes leer tu nombre y el de James —dijo Edward en tono despectivo.
Bella alzó la mirada hacia él, asustada.
—¿Mi nombre y el de James? ¿Qué es esto? ¿De dónde lo has sacado?
—Gigandet y tú abristeis juntos una cuenta para Marmaris Media Incorporated —dijo Edward en voz tan baja que ella tuvo que esforzarse para escuchar­lo—. ¿Ya que no adivinas qué ha pasado? Las hadas malas han pasado por el banco y, tal y como espera­ba, ¡han vaciado la cuenta!
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Es cortísimo, lo se. Pero así lo quiso la autora.
No me había percatado de eso hasta ahora, cuando lo leí sabía que era corto pero ahora que lo vuelvo a leer me doy cuenta que son tan solo tres hojitas.
El martes tendrán capítulo mas largo, promesa de Bloggera!
El drama aumenta! ya se habrán dado cuenta que la confianza se ha ido de nuevo...

viernes, 28 de octubre de 2011

♥ MADMP - Capítulo 7 ♥


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Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es de Lynne Graham. Yo solo me dedico a adaptarla a nuestra tan amada saga.
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Capítulo 7
Media boda

A pesar de que no lo esperaba, Bella se que­dó profundamente dormida en cuanto su ca­beza tocó la almohada. Despertó cuando una empleada doméstica entró en el dormitorio can una bandeja con comida, y se sorprendió al comprobar que ya eran las dos de la tarde; la intensidad de todo lo vivido durante los últimos días le había pasado factura.
Mientras comía sola podía pensar en Edward. Todo había sucedido tan rápidamente, y ella había estado tan dispuesta a hacer la que fuera para tener una se­gunda oportunidad con él... Se ruborizó al recordar la vergonzosa prontitud con que había sucumbido a sus caricias y, por un deprimente instante; se preguntó coma había logrado transformarla tan rápida­mente en una descocada sin aparente voluntad pro­pia.
¿Pero no sería que su antigua falta de seguridad y autoestima estaba volviendo a aflorar a su subconsciente? Por primera vez en su vida, se dijo, había alargado la mano para tomar lo que le apetecía, y le había apetecido Edward. Siempre había deseado a Edward. Al reconocer aquello, se enorgulleció de haber encontrado el coraje que hasta entonces le había faltado. Se sentía viva de nuevo, y hacía mucha que no era así. ¿Cuándo había sido feliz par última vez? Aquel verano con Edward, tres años atrás.
Se estaba poniendo un vestido gris de manga corta que le había prestado Alice cuando oyó el sonido de un helicóptero aterrizando. Se acercó a la ventana y vio que Edward bajaba del aparato y se encaminaba hacia la casa. El simple hecho de verlo hizo que su corazón latiera más deprisa.
Edward había tenido una mañana excepcionalmente ajetreada. Se había ocupado de los arreglos para la boda en un remoto pueblo montañés en el que apenas había probabilidades de que alguien conociera su apellido. Luego voló al pueblo en el que vivían los constructores estafados por James Gigandet. No le costó convencerlos para que mantuvieran en pie su denuncia tras hacerles comprender que no se sentiría ofendido si lo hacían.
Antes de entrar en la casa se detuvo a charlar con su devota ama de llaves, Kaure, que apenas había aparecido desde la llegada de Bella a Sonngul. Le preguntó dónde estaba esta refiriéndose a ella como a su esposa y simuló no fijarse en la expresión de sorpresa, excitación e intensa alivio que Kaure fue incapaz de ocultar al oírlo. Aunque adiaba mentir, ya pensaba en Bella como en su esposa, y si era para reparar el daño que había hecho, no lo lamentaba.
Luego entró en la habitación, donde ella lo aguardaba.
—He dormido mucho —dijo precipitadamente al verlo, y no pudo evitar ruborizarse al recordar el abandono con que se había entregado a sus expertas manos en el hamam.
—Yo tenía varios asuntos de los que ocuparme —dijo él a la vez que apoyaba ambas manos en su cintura y la atraía hacia sí.
Cuando Bella echó atrás la cabeza para mirarlo a los ojos, sintió un revuelo de mariposas en el estómago seguido de un revelador efluvio de calor. De­seaba tanto sentir aquella dura y sensual boca sobre la suya que casi podía saborearla.
—No, no vamos a ir directamente a la cama, güzelim,—murmuró Edward, como si Bella hubiera proferido aquella invitación en alto. Hizo que se sentara en el diván que había tras ella y dio un paso atrás—. Ayer me preguntaste si tenía la costumbre de mantener re­pentinos y apasionados encuentros con mujeres y yo dije «no desde que era una adolescente»... una res­puesta que debería haberme dado motivos para dete­nerme a pensar seriamente.
—No comprendo... —dijo Bella, repentinamente tensa. ¿Le estaba diciendo Edward que hacerle el amor había sido un error? ¿Un error que lamentaba y que no tenía intención de repetir?
—Es posible que en mi país las mujeres y los hombres sean iguales ante la ley, pero si una mujer opta por la libertad sexual perderá su buen nombre —admitió Edward—. Si sigues aquí en Sonngul y continuamos como hasta ahora, serás vista como mi que­rida y, pase lo que pase en el futuro, tu reputación quedara irreparablemente dañada.
«Su querida». Aquello sonaba sexy, audaz, pen­só Bella con cierto orgullo. Amaba a Edward. Su mun­do gris se había visto transformado en otro de color, pasión, sol y emociones. No lamentaba compartir su cama. Si podía estar con él, le daba lo mismo lo que pudiera pensar la gente.
—Comprendo... —dijo, y bajó la mirada—. Eso no supone un problema.
Edward la miró con expresión incrédula.
—¿No?
Bella salió de su ensueño en cuanto pensó en cómo reaccionaría su hermana a aquella idea. Alice se sentiría totalmente escandalizada si ella aceptara jugar aquel papel en la vida de Edward. Pero si aquello era todo lo que había en oferta, ¿en que le beneficia­ría a ella dejar al hombre al que amaba? ¿Le consolaría la mera idea de haber hecho «lo correcto»?
—La verdad es que es algo que debería pensar detenidamente —admitió finalmente mientras imagi­naba a Alice viajando a Turquía para darle a Edward su merecido.
—Podríamos optar por la otra alternativa —dijo él—. Podríamos pagar el precio por haber sido tan impulsivos e indiscretos y casarnos.
Bella se quedó mirándolo, boquiabierta.
—Me temo que es una decisión que debemos to­mar cuanto antes —continuó Edward—. Mi familia no aceptaría nunca a una mujer que haya vivido abiertamente conmigo como mi esposa. Tanto a ellos como a ti os debo más respeto del que he mostrado hasta ahora.
Lentamente, Bella empezó a respirar de nuevo.
—Veo que hablas en serio, pero no puedo creerlo. No puedo creer que estés sugiriendo que nos case­mos solo porque... bueno, ya sabes...
—Lo sé muy bien. Aún te deseo más que a ningu­na otra mujer que haya conocido.
—Pero eso no es suficiente, ¿verdad? Especial­mente para alguien que siempre ha odiado la idea de casarse.
Edward comprendió en aquel momento que había esperado que Bella aceptara su propuesta práctica­mente antes de que acabara de formularla. ¿Tan arrogante era?
—Las personas cambian —dijo.
—Pero tú dijiste que nunca cambiarías —le recor­dó Bella.
Edward abrió las manos en un gesto de impaciencia.
—No deberías creerte todo lo que te dicen. Eso fue hace tres años. Ahora me doy cuenta de que una             esposa podría resultarme útil en muchos aspectos.
—¿Útil...? —Bella sintió que su corazón se encogía.
—Tengo tres casas en Turquía, un apartamento en Nueva York y otro en Londres. Mi esposa podría ocuparse de ellos y también podría ser la anfitriona de las fiestas que doy. Y con el tiempo, creo que me gustaría tener un hijo —aquello era algo en lo que Edward nunca había pensado, y cuando las palabras surgieron de su boca, se quedó tan sorprendido como Bella al oírlo.
—¿En serio? —preguntó con una mezcla de sor­presa y esperanza.
—En serio —contestó él—. Así que, ¿qué me dices ahora?
—Me gustaría tener cuatro —dijo Bella distraída­mente, esforzándose por mantener los pies en tierra. Edward no le estaba ofreciendo amor, como ella había soñado en otra época, pero si quería casarse con ella, no pensaba rechazar la oferta.
Edward soltó lentamente el aliento.
—¿Cuatro?
—¿Dos? —negoció Bella, reconociendo que había sido demasiado sincera.
—Ya pensaremos en eso. Pero debería decirte que ya he hecho una reserva preliminar para casamos en una ceremonia civil mañana por la tarde.
—¿Mañana? —repitió Bella, anonadada.
—Tengo intención de permitir que la gente crea que nos casamos antes de venir a Sonngul —explicó Edward sucintamente—. Mi familia se sentirá tan en­cantada de que por fin haya encontrado una esposa que no creo que hagan preguntas incómodas. Serás recibida por mis parientes como si fueras la octava maravilla del mundo. Y cuando se enteren de que quieres tener cuatro hijos, pondrán una alfombra roja allá por donde vayas.
Bella se ruborizó y luego rió.
—Mañana... —repitió, sin poder creérselo toda­vía—. ¿Qué me pondré?
—Nada que atraiga demasiado la atención hacia nosotros —aconsejó Edward.
Bella no pudo evitar sentir cierta decepción.
—¿Tenemos que casarnos como si fuéramos espías en una operación encubierta?
—Si no queremos que se difunda el hecho de que hemos mantenido relaciones sin estar casados... sí. Es culpa mía que las cosas tengan que ser así, pero a partir de mañana, podremos dejar atrás ese desafortunado comienzo.
—Cuando se lo cuente a Alice, va a pensar que me he vuelto loca.
—Como marido tuyo, podré resolver el caos que Gigandet dejó tras sí sin que tu familia pueda protes­tar demasiado —dijo Edward, satisfecho.
—Supongo que como yerno se te puede conside­rar todo un partido —murmuró Bella con una sonrisa mientras lo miraba. Era el hombre más atractivo que había visto en su vida e iba a ser suyo para siempre. ¿Le estaría sucediendo realmente aquello a ella? ¿Debería preocuparse por el hecho de que Edward se estuviera comportando de una forma extra­ña? A fin de cuentas, se trataba de un tipo muy cauteloso y muy listo que se estaba comportando de un modo muy impulsivo.
—¿Te encuentras bien? —preguntó.
—¿Por qué no iba a encontrarme bien? Por cierto, necesito tu pasaporte para rellenar los formularios que me han dado esta mañana —respondió Edward, que parecía centrado en asuntos más prácticos—. También habría que conseguir una copia de tu certifica­do de nacimiento.
—He traído una por si perdía mi pasaporte —Bella tomó su bolso para buscar ambas cosas.
—Excelente. También tendrás que hacerte un bre­ve examen médico antes de que la ceremonia pueda seguir adelante. He conseguido una cita con una doc­tora en el mismo pueblo. Yo ya he pasado el examen.
Bella acompañó a Edward a la zona de la casa que utilizaba como estudio, equipada con todo lo último en alta tecnología.
—¿Cuándo esperas averiguar algo sobre esa cuenta del banco en Londres? —preguntó.
Él la miró atentamente.
—¿Por qué?
—Porque en cuanto el asunto quede aclarado quiero poner al tanto a mi hermana de todo lo que ha hecho su ex marido —dijo Bella. Al ver que Edward fruncía el ceño, añadió— Puede que Alice no esperara tener noticias mías de forma inmediata, pero si no me pongo pronto en contacto con ella empezará a preocuparse. Podría enviarle un mensaje escrito con mi móvil. ¿Qué te parece eso?
—¿Tienes un móvil?
—Sí.
—Mi desconfianza hacia ti era tan grande que, si lo hubiera descubierto ayer, te lo habría quitado —admitió Edward—.Espero obtener la información que solicité en las próximas cuarenta y ocho horas. Escribe un mensaje a tu hermana informándole de que te encuentras bien. Cuando tengamos todos los da­tos, volaremos juntos a Inglaterra para darle las buenas y las malas noticias en persona.
—Será mucho mejor así —conmovida por aquella considerada sugerencia, Bella dedicó a Edward una luminosa sonrisa.
 Como atraído por un embrujo, él se inclinó y la besó. Cuando ella se apoyó contra él, anhelante, Edward dejó escapar un gemido de frustración y la apartó con delicadeza de su lado.
—Esta noche dormiré aquí abajo. De ahora en adelante vamos a respetar las normas sociales...
—Pero si planeas simular que ya estábamos casa­dos... —Bella se oyó decir aquello y se ruborizó intensamente.
—Pero ambos sabemos que no lo estamos —dijo él con firmeza a la vez que tomaba el pasaporte y el certificado de nacimiento y empezaba a rellenar los formularios.
Edward la había transformado en una fresca desver­gonzada a una velocidad increíble, reconoció Bella más tarde, tumbada en su cama a solas, tan feliz y excitada que no podía dormir.
A las tres de la tarde del día siguiente, Bella tocó con los dedos su anillo de bodas, aspiró el aroma del ramo de azucenas blancas que le había regalado Edward y se unió a este para dar las gracias al oficial del gobierno que había presidido la ceremonia.
—¿Qué ha dicho? —preguntó después mientras volvían al coche que iba a llevarlos de vuelta al helicóptero.
—Que, sin duda alguna, eres la novia más guapa que ha casado en toda su vida —Edward le dedicó una mirada de abierta admiración: Bella estaba preciosa con el sencillo sombrero de paja y el vestido rosa pálido que se había puesto aquella mañana.
De vuelta en Sonngul, cenaron y tomaron café bajo la pérgola del jardín. Después, Edward fue a lla­mar a su familia para anunciarles su matrimonio.
—Se lo diré solo a mi padre. Él puede ocuparse de comunicar la noticia al resto de la familia.
Bella estaba aguardando su regreso cuando oyó una extraña musiquita. Por unos instantes se pre­guntó de qué se trataría, hasta que cayó en qué se trataba de su móvil.
Lo sacó rápidamente de su bolso y contestó.
—Soy James...
Al oír aquello, Bella se irguió en el asiento a la vez que sentía cómo se le erizaba el vello de la nuca.
—¿James? ¿Qué quieres?
Edward estaba a punto de salir de nuevo tras hacer su llamada cuando oyó que Bella pronunciaba el nombre de James. La sorpresa le hizo detenerse.
—¿Qué haces en Turquía? —preguntó James con aspereza.
Fría a causa del temor que siempre le había ins­pirado el ex marido de Alice, Bella respiró profundamente para calmarse. Una intensa rabia se apode­ró de ella al pensar en todo lo que había hecho aquel miserable a su familia, pero logró contenerse al recordar que Edward no quería que lo pusiera sobre aviso.
—¡Si pretendes darme problemas de nuevo o me­ter tus narices donde no te corresponde, vas a lamentarlo! —espetó James.
Sin poder evitarlo, Bella se sintió enferma al oírle.
—No sé de qué me estás hablando —murmuró—. Solo estoy investigando la oferta turística de Tur­quía para Alice.
—No me mientas.
—Edward y yo acabamos de casamos —se oyó decir Bella, y se avergonzó de su cobardía, pues incluso mientras hablaba se dio cuenta de que estaba utili­zando a Edward como un escudo, con la esperanza de intimidar a James.
—¿Que te has casado con Edward? —repitió él, in­crédulo.
—Sí, ¡así que déjame en paz! —Dijo Bella con ra­bia—. ¡Ahora no puedes amenazarme y no quiero te­ner nada más que ver contigo!
—De manera que Cullen se ha casado conti­go... ¡vaya, vaya! —De pronto, James rió como si aquel hubiera sido el mejor chiste que había escu­chado en mucho tiempo—. Oh, qué mundo tan mara­villoso, y, oh, qué desastre ocurrirá si el novio se pone a indagar.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Bella, des­concertada por la burlona respuesta.
—Cuando estalle el asunto, más vale que me pro­tejas, porque si no lo haces, ese matrimonio tuyo también podría acabar en la basura. ¡Hasta pronto!
Bella se quedó mirando al vacío, con el teléfono en la mano.
¿Hasta pronto? Aquellas palabras la hicieron es­tremecerse. ¿Estaría James en Turquía? Tras unas breves comprobaciones con el móvil, verificó con alivio que la llamada había sido hecha desde Inglaterra James solo había tratado de asustarla. El senti­do común sugería que, después de lo que había he­cho, aquel sería el último lugar al que querría ir. ¿Pero qué asunto esperaba que estallara? ¿El de los chalets que nunca llegó a construir? ¿El de los be­neficios que nunca habían llegado a ser ingresados en las cuentas de Edward? ¿Y por qué pensaba que iba a protegerlo? ¿Por el bien de su familia? ¿Por conservar las apariencias? ¡Pero en aquella ocasión no había esperanza para él!, se dijo Bella, enfadada. No pensaba dejarse amedrentar nunca más por las ame­nazas de James.
Conmocionado por el diálogo que acababa de escuchar, Edward se encaminó hacia las escaleras para no ceder al instinto de enfrentarse de forma inme­diata a Bella. Cuando finalmente había logrado dejar de dudar de ella, había averiguado la verdad e, iró­nicamente, lo había hecho a través de sus propios labios. Ya era en sí sospechoso que James se hubiera puesto en contacto con ella. Después de su amargo divorcio, ¿por qué iba a llamar a la hermana de su ex mujer, a menos que hubieran mantenido una re­lación que fuera más allá de los límites normales? ¿Y por qué llamarla si, según Bella aseguraba, lo odiaba con todas sus fuerzas?
« ¡Déjame en paz! ¡Ahora no puedes amenazar­me y no quiero tener nada más que ver contigo!»En algún momento, Bella debía haber estado enamo­rada de James Gigandet. ¿Y por qué no? Gigandet era un hombre rubio y atractivo que debía gustar a las mujeres. Era posible que Bella no se hubiera acosta­do con el marido de su hermana, pero, evidente­mente, Gigandet debía haber sido consciente de los sentimientos de Bella por él, y sin duda debió apro­vecharse de ello. Tal vez, el sentimiento de culpabilidad hizo recuperar la cordura a Bella, que incluso quiso confesárselo todo a su hermana. ¿Habría amenazado entonces Gigandet con decide a su espo­sa que Bella había tratado de seducirlo?
Cuando llegó a lo alto de las escaleras, Kaure se acercó a Edward con un teléfono. Era su madre, Esme que estaba muy excitada por la noticia que acababa de darle su marido. Edward no dijo una palabra mientras su madre sugería que la ceremonia civil era solo para los infieles y le pedía que llevara a Bella a Estambul para celebrar una boda como era debido. A continuación, se puso su abuela para decide lo mismo, y Elizabeth, su bisabuela, fue más radical al sugerir que había que organizar otra boda y actuar como si la ceremonia civil nunca hubiera tenido lu­gar.
—Lo que queráis... —murmuró Edward, apenas ca­paz de prestar atención.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Elizabeth al captar con su sagacidad habitual cierta reticencia en      el tono de su bisnieto.
—Sí —mintió Edward.
—Trae mañana a Bella a casa y nosotras nos ocu­paremos de todo.
En cuanto colgó, Edward olvidó la llamada y se encaminó inconscientemente al bar. Se sirvió un coñac con mano temblorosa mientras sentía que la ra­bia recorría su cuerpo como lava ardiendo. ¿Pero qué iba a decirle a Bella? ¿Acaso tenía algún sentido que le dijera algo?
Porque, tres años atrás, él simplemente había aparecido como un segundón en la vida de Bella. Reconocer aquella humillación hizo que un sudor frío cubriera su frente. Pero, era evidente. Todo lo que en el pasado lo había desconcertado respecto a su relación con Bella encajaba ahora en su sitio; su aversión a que la tocara, su sorprendente rechazo a ir a visitar a su familia... Cuando la conoció en Lon­dres, debía estar tratando de superar su amor por el marido de su hermana, y salir con él solo debía ha­ber formado parte de aquel esfuerzo.
Aunque Bella le hubiera dicho recientemente que entonces lo amaba, solo debía haberlo hecho en su afán por olvidar un amor que aún la hacía sentirse culpable. ¿Cómo podía haberlo amado cuando era evidente que era a James a quien aún quería enton­ces? Sin embargo, Bella sí lo quería a él ahora, se recordó obstinadamente. ¿Pero languidecía aún por Gigandet en algún rincón oculto de su corazón? ¡El hecho de que hubiera roto la relación no significaba que hubiera dejado de amarlo y que no fuera a tratar de salvarlo si surgía la oportunidad! ¿y cómo reaccionaría cuando Gigandet fuera a la cárcel? Edward soltó el aliento al pensar aquello. Pero Bella era suya, se recordó. Nada ni nadie iba a inter­ponerse en aquella realidad. Bella era su esposa.
Se sirvió otro coñac. No diría nada... ¡No podía decir nada! Enamorarse del hombre equivocado no era un crimen. De hecho, parecía que Bella se había comportado exactamente como debería haberlo he­cho dadas las circunstancias; no había habido aven­tura amorosa. Se había ido de casa y había perma­necido alejada para resistirse a la tentación. Debería sentirse orgulloso de ella por ello, se dijo Edward, casi con rabia. Pero aquello era algo que aún sentía leja­no. Aún se sentía demasiado desolado por lo que había escuchado.
Tensa y pálida, Bella fue en busca de Edward. Esta­ba en la basada, mirando por la ventana. En segui­da percibió la rigidez de su postura, la tensión de sus anchos hombros.
—Supongo que a tu familia le ha disgustado que te casaras con una mujer a la que no conocían... —dijo, asumiendo que aquel era el motivo por el que no había vuelto a la pérgola.
Edward cerró los ojos un segundo antes de volver­se.
—No, nada de eso. Además, aunque brevemente, conociste a mi bisabuela.
—Probablemente pensarán que has cometido el mayor error de tu vida al casarte de forma tan re­pentina con una desconocida —sugirió Bella, decidida a enterarse de lo peor.
Consciente de que lo estaba mirando, Edward hizo un esfuerzo por concentrarse.
—Le he contado a mi padre que nos conocimos hace unos años. Lo que ha causado cierto revuelo ha sido lo de la ceremonia civil... creo.
Bella frunció el ceño.
—¿Crees?
—Me temo que he prometido llevarte mañana a Estambul.
—Oh... —Bella se mordió el labio inferior, inquie­ta—. Tengo algo que decirte. James acaba de llamar­me al móvil.
­Impresionado por su sinceridad, Edward la miró sin decir nada.
—¡No le he dicho que vas tras él! —continuó Bella rápidamente—. Suele salir con mis sobrinas los vier­nes por la tarde, y supongo que alguna de ellas le ha mencionado que estaba aquí. Supongo que eso debe haberlo asustado, así que le he dicho que he venido para poder informar a Alice de las principales rutas turísticas de Turquía... También he mencionado que nos habíamos casado...
Sin decir nada; Edward avanzó hacia ella, la abrazó y la besó apasionadamente, hasta que todo pensamiento sobre su ex cuñado abandonó su mente.
—Por mí no hay problema si quieres hacer una costumbre de esto... —murmuró, Bella con los labios enrojecidos mientras Edward la llevaba en brazos al dormitorio. Un vago recuerdo de la llamada de su ex cuñado pasó por su mente—. ¿No te molesta que James haya llamado?
—En absoluto. Es lo lógico —Edward logró simular una despreocupación que estaba lejos de sentir—. Pero no hablemos de él en nuestra noche de bodas, güzelim.
—En nuestra tarde de bodas —Susurró Bella, in­mensamente agradecida por su reacción.
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Aquí está el nuevo capítulo. Posiblemente el domingo suba uno nuevo.
Acuerdense que en el proximo aparece la familia de Edward!!
Besos y lean el nuevo capítulo de Siempre fuí tuya!! 

♥ SFT - Capítulo 7 ♥


 CAPÍTULO 7
Bella durmiente

—Mi mamá… ¡mama! —gritó agitando la mano, llamando la atención de una persona.
Al mismo tiempo que los pensamientos del niño se bloqueaban y desbloqueaban con frenesí mareándome, fui arrollado por un aroma terrible y a la vez maravilloso. Fue como recibir un golpe con una barra de acero puro en la cara.
Oí una respiración acelerada, asustada y frenética de la que supuse sería su madre, seguramente causada por el susto de haber perdido a su hijo.
Me acerqué junto al niño, con el corazón en la garganta por aquel aroma tan atropellador que no había sentido desde hacía siete años.
Y fue entonces cuando la vi… y no lo pude creer.
Su rostro descompuesto por la angustia, se transformó en un claro signo de alivio. Abrió los brazos invitando a su pequeño a que se incorporara, él correspondió y la abrazó con todas sus fuerzas.
¿Infeliz? ¿Cómo se había atrevido, Alice, a llamarla infeliz?
Ella no lo era, claro estaba que tenía un hijo al que amaba y seguramente un esposo que la esperara en casa. Seguramente tenía la vida que yo nunca le habría podido dar.
Poseía lo que garantizaba la felicidad, una familia y alguien a quien amar.
Fue cuando me sentí mas solo y triste que nunca, el ver a mi amor escapar de mis manos de aquella manera, aunque yo mismo le había pedido que rehiciera su vida.
Era ella, mi amor, mi Bella. Aunque tal vez ya no era mía…
Mi corazón se entrujaba en dolorosos espasmos, mientras levantaba la mirada del piso, la veía y mas consiente era de la realidad. Musité su nombre con pesar, tan solo por el placer de volver a escucharlo mientras la tenía en frente.
Y como si mi masoquismo no fuera tal, seguía allí parado, esperando que se diera la vuelta o que me mirara fijamente para poder perderme en aquellos ojos chocolate que tanto amaba.
Mírame mi amor, mírame Bella…
—Mami, el buen señor me trajo hasta aquí —le explicó el pequeño Anthony, mientras que yo seguía rogando por una mirada —cuando me perdí, el se ofreció a ayudarme. Él lo hizo mami, me trajo hasta ti de vuelta.
Ese fue el momento en que mis deseos fueron cumplidos.
Sus ojos se encontraron con los míos, y me sentí a morir. Aquellos orbes por los que yo había velado, por los que habría entregado mi propia vida, ahora parecían querer huir.
Apenas despertó del shock, dio un paso hacia atrás con una expresión totalmente aterrorizada y, por lo que supuse que sería instinto maternal, tomó a su hijo entre sus brazos, aprisionándolo e intentando brindarle mayor protección, como si yo fuera el depredador y ellos la presa.
Ella no había apartado sus ojos de los míos, lo que confundía a su hijo quien se proponía con todas sus fuerzas, librarse del agarre de su madre.
—Mamá, estás lastimándome —se quejó el pequeño Anthony.
Pero ella lo ignoró y siguió petrificada en su lugar.
Fue cuando miré su rostro por segunda vez que me percaté de la exagerada palidez de su piel, de sus orbes chocolates totalmente diferentes a los que recordaba. Esos estaban apagados, fríos… los sentimientos pasaban como una diapositiva a través de ellos. Miedo, dolor, preocupación, ira, pánico, nostalgia, tristeza. Ahora, una fina lámina brillante los cubría, eran las lágrimas que amenazaban con salir.
Sin embargo, todavía s podía leer “miedo” en todas sus facciones, incluso en la postura con la que defendía al niño.
—Bella —murmuré, antes de acercarme lentamente hacia ella.
No a propósito, sino inconscientemente mi cuerpo demandaba la cercanía del suyo. Cada vez era aún más sofocante, pero placentero, el calor que emanaba. El aroma de su sangre… quemaba en mi garganta. Y su cabello, su hermoso cabello... mis manos se tentaban en acariciarlo.
Negó con la cabeza frenéticamente y cerró sus ojos, como si esperara que todo esto fuera solo un sueño.
—Cielo, por favor, mírame —supliqué, con la voz rota al notar las desgarradoras lágrimas que caían por sus mejillas.
Su piel empezaba a tomar color, a la par de los temblores de su cuerpo provocados por los sollozos. Abrió sus ojos de repente y me dejó ver el daño que había hecho.
Pude notarlo, pude ver absolutamente todo antes de que se transformaran en una barrera de hielo.
Luego de exhalar todo el aire contenido en sus pulmones e inhalar profundamente para repetir la primera acción un par de veces mas, soltó a Anthony y le tomó del brazo con dulzura mientras sus manos temblaban. Sin embargo, no esperaba su siguiente reacción.
Jaló al niño para caminar en mi dirección contraria, alejándose sin volver la mirada atrás… como si yo no estuviese allí. Sus pasos eran decididos, pero los temblores la delataban; sabía que estaba tentada a darse la vuelta.
Y como si fuera poco, la seguí con la misma lentitud hasta estar de su lado.
—Bella, por favor —insistí, sin obtener respuesta —No me ignores así, te lo suplico —esperé a que contestara, pero no lo hizo. Continuó su camino a la par que sus lágrimas continuaban cayendo. Pero yo estaba decidido, ahora hablaría conmigo, teníamos muchas cosas que aclarar; y a mi, la culpa me estaba matando —Te ruego una palabra, Bells. Necesito que hablemos
Necesitaba oír su voz, pero ella no cooperaba.
Fue cuando puse mi mano en su hombro, que explotó.
—No… no, ¡NO! —murmuró, para luego terminar gritando. —¡No estás aquí! ¡No es cierto! —Apretó a Anthony contra su pecho, aún mas. El niño nos miraba desconcertado —¡Dios, han pasado siete años, ya puedes dejarme en paz!
¿Acaso no me veía? ¿Acaso no estaba escuchándome?
—Pero, Bella… —intenté protestar, pero me detuve al escuchar el desgarrador gruñido que salía de su garganta.
—¡Cállate! —gritó en mi dirección —¿No te das cuenta que me hieres? —Suspiró profundamente antes de continuar —Hace tres años que no aparecías, tres años que pude sentirme normal otra vez, sin temer estar loca por verte en todas partes. Ahora te ves tan malditamente real y no se si estoy soñando o… ¿Porqué vuelves ahora?
Le miré como si en verdad si hubiera vuelto loca, puesto a que yo no la había visto desde hace siete años. ¿Verme en todas partes? Yo nunca regresé, hasta ahora.
—No entiendo de que estás hablando —solté en un suspiro de frustración
Alcé la mano para acariciar su mejilla, pero me arrepentí de inmediato.
—¡Vete! —Espetó, mientras empujaba mi brazo bruscamente —¡Deja de lastimarme! ¿No ves que me estás matando? —hipó, antes de sumirse en la inconsciencia y precipitarse hacia el suelo.
La tomé en brazos antes de que se golpeara y, la sentí tan vulnerable y frágil como antes.
BellaPOV
¿Cómo es que una situación podía dar un giro 180º en cuestión de unos minutos?
Apenas había entrado en el supermercado, un escalofrío recorrió mi espalda y me sentí aterrada, puesto a que esto solo sucedía cuando algo malo iba a pasar. Pero ya no podía hacer nada, estaba aquí y lo mejor era acabar con las compras lo más rápido posible para regresar a casa.
Como siempre, la suerte no estaba de mi lado y en menos de dos segundos que despegué la vista de mi pequeño Tony, le había extraviado. Me sentí desesperada, nunca había entendido a aquellas madres histéricas que buscaban a sus hijos sobrepasando la cordura, pero me puse en su lugar cuando miles de imágenes aparecieron en mi cabeza, pensando en las posibilidades de mi hijo, desde la más leve  las peores. Nunca me perdonaría si algo le sucediera y yo no me esforzara en evitarlo, así que me propuse solucionarlo.
Me obligué a mi misma a tranquilizarme, pues en mi arrebato de angustia no conseguiría llegar a nada. Respiré profundamente un par de veces y lo busqué por cada pasillo, llamándolo, con la esperanza de que solo se hubiera alejado para ver algo. Lo primero en lo que pensé fue la sección de juegos, estaba casi segura que lo encontraría contemplando la pista de autos de juguete a la cuál le había prestado especial interés en los últimos meses. Una vez más me equivoqué, mi corazón se estrujó al ver solo rostros desconocidos. Lo peor fue saber que aquel era el último pasillo del Wal-Mart.
Sin pensarlo dos veces y para la sorpresa de muchos clientes, solté el canasto de golpe y salí corriendo hacia la entrada cuando vi a un oficial de policía.
—Disculpe, necesito su ayuda —le pedí con lágrimas en los ojos —He extraviado a mi niño, ¡Debe ayudarme a encontrarlo! ¡Se lo suplico!
El uniformado dio un paso hacia atrás instintivamente ante mi exasperación, hasta que reaccionó y me colocó una mano en mi hombro.
—Tranquilícese señorita, si está tan agitada no podrá colaborarme mucho —acordó, y yo asentí hipando —¿Ya se fijó si no está en el pasillo de juegos? Muchos niños se distraen allí —negué al instante y el suspiró —¿Y en los demás pasillos?
También negué, pero esta vez mas insistentemente, puesto a que no me estaba auxiliando como debería sino que me estaba pidiendo que hiciera el trabajo.
—Créame cuándo le digo que lo he buscado por todo el edificio —le informé antes de que me enviara a inspeccionar el local completo y me hiciera perder más tiempo —¡Dios! No puede haber ido muy lejos ¡Solo tiene seis años! ¿Va a ayudarme o me va a seguir interrogando? —exasperé, para luego ponerme peor cundo torció el gesto como si representara una carga para él. ¿Por qué no podía limitarse a colaborar con la búsqueda? Después de todo este es su trabajo ¿verdad? Y yo aquí, sintiéndome la peor madre del mundo por no saber cuidar de un niño —¡Maldición, no se quede ahí parado!
—Señora, por favor…
—¡Váyase al diablo! —Exploté al notar su indiferencia —Si usted quiere perder el tiempo buscándolo allí dentro cuando yo ya me encargué de eso, ¡Pues vaya! Yo iré a buscarlo fuera, porque un maldito policía no quiere creerle una madre desesperada y no fue capaz de detener a un niño de seis años que salía del edificio solo.
No sé de donde me salió tanta agresividad, solo sabía que estaba muriendo por dentro y debía encontrar a la única razón de existir que me quedaba.
Una mujer mayor, que había escuchado toda la conversación, me dijo que le había visto correr calle arriba, pero a este paso ya se habría alejado demasiado como para volver solo.
Después de aquello y de imaginar mil cosas horribles, escuche la mejor palabra del mundo. La única que yo quería escuchar…
—¡Mamá! —dijo aquella voz que tenía el poder de parar el calvario que estaba viviendo. Mi corazón pegó un brinco ante esa maravillosa melodía.
La sensación de alivio fue inmensa y no necesité mirarlo para saber que era mi Anthony. En el momento en el que me di la vuelta, todo desapareció a nuestro alrededor, solo era él, solo él; la luz de mi vida había regresado a mi, y corría con sus bracitos extendidos.
Me sentía en la cima de la plenitud y el sentirlo otra vez en mis brazos, sano y salvo, fue el éxtasis.
No lloré, no hablé, solo lo abracé con todas mis fuerzas para sentir que no me había abandonado y que jamás lo volvería a perder de vista ¿Cómo pude haber sido tan irresponsable? No se que habría hecho si algo le sucedía, mi vida se habría derrumbado.
—Mami, el buen señor me trajo hasta aquí –me explicó Tony, sacándome de mis pensamientos con aquella inocencia que lo caracterizaba—cuando me perdí, el se ofreció a ayudarme. Él lo hizo mami, me trajo hasta ti de vuelta.
Me levanté con la intención de alabar al hombre y agradecerle de todo corazón por su solidaridad, pero no esperaba encontrarme con ese perfecto producto de mi imaginación.
Entré en shock por aquella belleza tan inhumana y devastadora que había hecho estragos en mi durante años. Era él, el único hombre al que le entregué mi corazón, el único al que amé con locura y el único que pudo destruirme en cuestión de segundos… Edward Anthony Cullen, el nombre de la perfección.
Hacía ya tres años que no lo veía siquiera en mis alucinaciones. Temía estar volviéndome loca y quise acercarme a la muerte cada vez más solo para verlo y oírlo. Solo a él. Pero luego de tener a tener a Tony, su aparición se hacía cada vez menos frecuente hasta que un día desapareció y no lo volví a ver.
Esos fueron los meses más terribles de mi vida, porque ya no tenía siquiera su recuerdo, y caí en la depresión. Solo mi hijo pudo sacarme de ese agujero negro en el que estaba atrapada.
Entonces entré en razón, mi vida había sido más fácil desde que ya no se aparecía. Pero ahora estaba de regreso, y no iba a dejar que lo complicara todo de nuevo. Y me dio miedo, me aterré ante la idea de que no solo me hiriera a mí, sino que cometiera una locura y mi hijo saliera implicado. O que tal vez, yo hiriera a mi niño por su causa. Por impulso, lo  tomé en brazos demasiado fuerte para su gusto; no me importó que se removiera, solo necesitaba sentirlo a salvo.
Recordé las palabras de Jacob, que por mas crudas eran verdad “El ya no está aquí, Bells ¿Acaso lo ves? Te ha abandonado. No volverá a herirte. Debes seguir adelante”
Me reproché el pensar cosas tan estúpidas, por dejarme sobrepasar por la situación. No debería preocuparme por algo que no existe. Quise irme de inmediato, pero escuché su voz…
—Cielo, por favor, mírame —dijo, y creí que me desmayaría al escucharlo después de tanto tiempo. Esto solo podía ser un sueño.
No pude controlarme más y rompí a llorar que, aunque en voz baja se podía notar. Tomé en cuenta los consejos de Charlie, respiré profundamente e intenté ignorarlo.
Decididamente, pero aún tentada de volver a mirar la imagen del amor de mi vida, huí de aquel lugar dejando atrás todo rastro de miedo y me prometí no actuar diferente por el bien de mi hijo. Volvería a casa y me ajustaría a la rutina. Besaría a Jacob y prepararía la cena, para luego acostar a Tony y dormir en mi solitario y frío lecho.
Luché para continuar mi camino, lo que fue una verdadera batalla ya que podía oír a mi ángel insistir en que lo mirara y le hablara. Él quería hablar conmigo.
Fui fuerte todo lo que pude, hasta que sentí sus fríos dedos sobre mi hombro. Pero, tal como la adrenalina, el placer fue momentáneo y me dejó vacía, haciéndome regresar a la realidad. Él me había abandonado, él no me amaba, él no estaba aquí.
—No… no, ¡NO! —Exploté, ante aquella cruel tortura —¡No estás aquí! ¡No es cierto! ¡Dios, han pasado siete años, ya puedes dejarme en paz! —le grité al cielo, rogándole que detuviera mi sufrir y que me liberara de la condena.
—Pero, Bella…
Gruñí de frustración, él continuaba aquí.
— ¡Cállate! —Le ordené, pues si quien estuviera allí arriba no me ayudaba, lo haría yo sola —¿No te das cuenta que me hieres? Hace tres años que no aparecías, tres años que pude sentirme normal otra vez, sin temer estar loca por verte en todas partes. Ahora te ves tan malditamente real y no sé si estoy soñando o… ¿Porqué vuelves ahora?
Edward parecía no entender, puesto  que e cuenta de irse, intentó acariciar mi mejilla.
—¡Vete!—Aparté su brazo y jadee por lo real que se sentía —¡Deja de lastimarme! ¿No ves que me estás matando?
Luego de eso, todo se volvió negro. Luché por regresar a la realidad, pero lo máximo que pude lograr, fue el estar en un punto medio y oír todo lo que me rodeaba.
—¡Mamá! ¡Mami! —Escuché una voz gritar, desde lo más profundo de mi subconsciente sabía que era mi hijo —¡Mami, despierta! ¡Por favor, levántate! —los sollozos no se hicieron esperar, pero me rompió el corazón el sentir que me tomaba la mano y la colocaba en su carita. Pude sentir sus lágrimas, humedeciendo la suave piel de Anthony —Mami, por favor… ¡Abre los ojos!
Luego, al escuchar la voz de Edward llamarme  y la cercanía de su aliento, perdí la poca concentración que había logrado retener. Solo percibía un montón de murmullos incoherentes y casi silenciosos. Solo eran zumbidos en la nada…
Unos brazos fríos se deslizaron por mi espalda y me levantaron del suelo, entonces me sentí más segura y reconfortada que nunca por lo que me dejé ir.
Justo cuando empecé a volver a mí, los sonidos que  escuché no fueron los más agradables.
— ¿¡Quien eres tú y que haces con la mujer de mi hermano en brazos?!

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No tengo mucho que decir mas que lamento la demora. 
Esto se va a poner mas dramático todavía porque Bella recién se despierta, que sucederá? ni yo lo se... todavía... o si?
Los quiero un montón
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