domingo, 6 de noviembre de 2011

♥ MADMP - Capítulo 10 ♥


Capítulo 10
Mi felicidad entre tus brazos

Bella se quedó petrificada en el sitio.
El miedo le atenazó la garganta e hizo que se le pusiera la carne de gallina. Sin embargo, mientras miraba a James, sin poder creer que hubiera corrido el riesgo de presentarse allí, empezó a notar los cambios en él. Normalmente vestía muy bien, pero en aquellos momentos llevaba un traje total­mente arrugado, necesitaba afeitarse y sus ojos azu­les estaban inyectados en sangre. Cuando avanzó al interior de la habitación también notó que olía a al­cohol y percibió en su rostro la desesperación que trataba de ocultar.
—Sé que todos los Cullen están fuera, cenando —dijo James con intención de intimidarla—. Les he visto salir de la casa y estoy seguro de que querrás mantener esta pequeña visita de cortesía.
—¿Y por qué iba a querer hacer eso? —aunque la voz de Bella surgió débil, ya estaba superando su viejo e instintivo miedo a James y empezaba a verlo con los ojos de una mujer, no con los de una adoles­cente asustada. Aunque la familia estuviera fuera, la puerta estaba entreabierta y sabía que fuera habría un empleado doméstico esperando recibir el encar­go de llevar un té para la visita.
—¿Cómo pudiste pensar que sería tan tonto como para creer que Edward Cullen se había casado con­tigo un par de días después de tu llegada? —se burló James—. La boda del año no tendrá lugar hasta pasa­do mañana. Lo he leído en uno de los periódicos de Cullen. Pero la boda del año no llegará a tener lugar si decido empezar a hablar...
A pesar de saber que no tenía nada que temer de él y, que Edward y ella ya estaban casados, Bella se estremeció. Quería llamar a la policía, pero no sabía cómo dejar solo a James sin despertar sus sospechas.
—Ah, ¿no? —preguntó a la vez que alzaba leve­mente la barbilla y lo miraba con gesto despectivo—. Por si no lo sabes, te comunico que ya no puedes hacerme daño.
—¿Estás segura? —dijo él en tono irónico—. Deja que te cuente un secreto. Los pagos que se debían a Cullen según el contrato que firmó tu padre con él nunca llegaron a realizarse. Antes o después saldrá a la luz lo sucedido y se desatará un infierno para Swan Travel.  Pero si se lo dices ahora a Edward, tú también tendrás graves problemas.
—No creo —replicó Bella, sin mostrarse afectada. James trató de ocultar su sorpresa sonriendo malévolamente.
—Eso demuestra lo estúpida que eres, porque cuando abrí otra cuenta a la que desviar el dinero de los pagos puse tu nombre en ella. Si yo caigo, te arrastraré conmigo. Diré que teníamos una aventura y que fuiste mi cómplice de principio a fin. De ma­nera que más vale que permanezcas en silencio has­ta que te hayas casado...
—Veo que sigues con tus viejas amenazas, pero, además de que no me afectan, ya estoy cansada de ellas —interrumpió Bella secamente—. Ya no estás tra­tando con una adolescente asustada. Pero tú sí tienes que estar muy asustado para haberte atrevido a venir aquí...         
—Sube a la planta de arriba —dijo otra conocida voz masculina a sus espaldas—. Yo me ocuparé de esto.
En los segundos que siguieron a la entrada de Edward en la habitación, James sucumbió al pánico. Se abalanzó hacia Bella cuando esta se volvió al oír a Edward y le dio un violento empujón en su esfuerzo por alcanzar la puerta. Edward fue tras él como un león enfurecido, pero solo logró darle un fuerte gol­pe antes de darse cuenta de que Bella había caído. La rabia que le había producido que Gigandet se hubiera atrevido a acercarse a su esposa fue superada por el temor a que esta hubiera resultado herida.
Aturdida por la caída, Bella se dejó llevar en bra­zos hasta el sofá más cercano.
—¿Estás bien? —preguntó él, ansioso.
—¿Y James?
El golpe de la puerta principal al cerrarse res­pondió a su pregunta, y Edward gruñó de frustración.
—He vuelto unos minutos después de que él lle­gara y he llamado a la policía de inmediato. Debe­ría haberme quedado fuera hasta que llegaran, ¡pero no he podido soportar oír cómo te amenazaba!
—Me alegra que se haya ido —murmuró Bella. Pensando que el arresto de Gigandet justo antes de la boda podría empañar las celebraciones, Edward se limitó a seguir abrazando a Bella mientras lamen­taba no haber podido darle algún puñetazo más.
—Y me alegra tanto que no haya habido una pe­lea —añadió Bella.
Sin decir nada, pues sabía que Bella se sentiría decepcionada si admitiera ante ella que sentía una gran frustración por no haber podido destrozar con sus propias manos a aquel miserable, Edward la llevó en brazos a su habitación y luego bajó a hablar con la policía.
La familia de Bella llegó al día siguiente por la tarde. Charlie Swan parecía más animado que ha­cía tiempo, y las tres sobrinas de Bella no cabían en sí de entusiasmo. Tras las necesarias presentacio­nes, y después de hablar con su padre, que no hizo más que elogiar a Edward, Bella fue a otra habitación con Alice para poder hablar en privado.
Su hermana le dio un emocionado abrazo y lue­go suspiró.
—No te he llamado porque tenía demasiadas co­sas que contarte. Para empezar, he oído que James y mi antigua amiga Jessica han roto.
—Oh... bien —dijo Bella—. Me parece justo.
—Al parecer, James ha tratado de hacer algo ilegal con el acuerdo de divorcio con Jessica y la policía ha intervenido. Corre el rumor de que estaba gastando el dinero en el juego.
—¿En el juego? —repitió Bella, desconcertada.
—Supongo que eso explica lo que hizo con todo el dinero que robó de Swan Travel —dijo Alice, sin molestarse en ocultar su resentimiento—. Pero estoy agradecida por dos cosas; la primera, qué James haya sido un padre tan desastroso, porque así las niñas no echarán demasiado de menos lo que nunca han teni­do, y la segunda, haberme dado cuenta tan pronto de que el hombre con el que me casé era un canalla.
Bella parpadeó al oír aquello. —¿En serio? ¿Lo sabías?
—Desafortunadamente, no tenía ni idea de que además no se podía fiar uno de él con el dinero—concedió Alice con un profundo suspiro—. Pero justo antes de que naciera Kate descubrí que salía con otras mujeres. Pero para entonces papá ya nos había cedido su casa y traté de salvar nuestro matri­monio por las niñas...
—Eso puedo entenderlo, pero, si ya no lo amabas, ¿por qué parecías tan hundida después del divorcio?
—Lo que peor te sienta en esas circunstancias es saber que has malgastado varios años de tu vida. Decidí centrarme en ser una buena madre e hice como si no me enterara de las aventuras de James. Pero si hubiera sabido lo que realmente estaba pa­sando, si hubiera sabido que te estaba amenazan­do... —Alice movió la cabeza con amargo pesar—... ¡hace tiempo que lo habría descuartizado!
Bella no tenía planeado contarle aquello a su her­mana para no disgustarla, pero se alegró de que ya lo supiera.
—¿Cómo te has enterado de eso?
—Edward me puso…al día, ¡y no se te ocurra criticar­lo por ello, porque sé que, si él no me lo hubiera dicho, nunca me habría enterado! Después de eso, en­terarme de que la policía turca lo persigue no me ha sorprendido nada. Si supiera dónde está, yo misma lo entregaría... —Alice respiró profundamente para contener su enfado—. Quiero que lo juzguen y lo en­cierren. ¡Cuando Edward me ha contado que James tuvo el valor de presentarse aquí anoche para tratar de presionarte me ha hervido la sangre!
Las hermanas siguieron hablando un buen rato antes de que Bella preguntara a Alice qué pensaba de Edward.
—Es incapaz de disimular que te adora —dijo Alice, divertida—. ¿Por qué pareces tan sorprendida? después de lo rápidamente con que se casó contigo, supongo que eso ya lo sabrás. ¡Yo no podía creerlo!
«Te adora». Bella estuvo a punto de mencionar que Edward se había dado tanta prisa en casarse con ella en un intento de proteger su reputación, pero Alice parecía tan ilusionada con la idea de un ro­mance verdadero que no quiso decepcionarla. Edward era cálido tierno, romántico y todo lo que ella siempre había creído que podía ser, pero nunca ha­bía mencionado la palabra amor, y Bella ya era tan feliz que estaba decidida a no permitir que aquello la preocupara.           
Los preparativos para la boda comenzaron al amanecer del día siguiente. Bella fue llevada al ha­mam envuelta en un grueso sarong y, rodeada de mujeres que no dejaban de charlar animadamente, se sometió con gusto a todo el proceso de abluciones y permitió que una mujer fuerte como un tanque la frotara de arriba abajo con un guante que parecía papel de lija. Fue divertido y se rió mucho. Finalmente, su pelo fue sometido a un baño de manzani­lla que lo dejó tan suave y brillante como la seda.
Una vez fuera del hamam le hicieron la manicu­ra antes de que otra mujer especializada en ello dibujara una elaborada figura con henna en su mano derecha.
—Es para dar una pequeña satisfacción a Elizabeth —susurró la madre de Edward junto a su oído, y a continuación le explicó que la vieja dama se había sentido un poco decepcionada cuando le habían dicho que Bella no iba a entrar en el salón del hotel en que se iba celebrar la boda montada sobre un caba­llo blanco.
Un par de horas más tarde Bella hizo una pirueta ante el espejo, perdidamente enamorada de su maravilloso vestido de novia. El sencillo y tradicional diseño que había elegido era perfecto para la delica­da tela, que también hacía resaltar el precioso collar de oro que le había regalado Edward. Bajo el vestido llevaba una liga de satén azul que le había regalado Alice... además de la ropa interior más sexy que se había puesto en su vida.
Salió de la casa de los Cullen del brazo de su orgulloso padre para subir a un maravilloso y anti­guo carruaje tirado por dos caballos blancos. Pero, sin duda alguna, el momento álgido de aquel día tuvo lugar cuando entró en el opulento hotel en que iba a celebrarse la boda y vio a Edward esperándola. La mirada de admiración que le dedicó fue tan evi­dente que Bella se ruborizó mientras pensaba en lo atractivo que estaba él con su elegante traje oscuro.
—Me dejas sin aliento, güzelim —dijo él con voz ronca mientras sonaba la marcha nupcial y la con­ducía hacia el salón con toda la familia tras ellos.
Una vez concluida la ceremonia, y después de la exquisita comida que se ofreció a los invitados cortaron juntos la tarta de bodas y se la ofrecieron a sus parientes. Después, Edward dio un apasionado beso a Bella que hizo que el corazón de esta latiera más deprisa.
—No esperaba eso —dijo sin aliento mientras él la conducía a la pista de baile.
—Es perfectamente aceptable en nuestra boda —la cálida sonrisa de Edward fue como un rayo de sol para Bella—. Pero no te sorprendas si desaparezco más tarde. Mi familia tiene que llevar a la novia hasta la puerta de mi casa y luego nos libraremos de ellos durante todo un mes...
—¡Pero yo adoro a tu familia! —protestó Bella.
—Mañana salimos de luna de miel en mi yate para dedicamos a recorrer la costa —dijo Edward, satis­fecho—. Y si nos cansamos de eso  podemos ir a cualquier sitio, hacer cualquier cosa...
—Volver a Sonngul, por ejemplo —sugirió Bella—. Sigue siendo mi lugar favorito en el mundo.
Tras despedirse de su familia, que iba a quedarse una semana en Turquía con la de Edward, Bella fue acompañada por los familiares de este hasta la puerta de su casa en Estambul.
—Ha sido un día maravilloso —dijo, feliz, mien­tras él la llevaba en brazos al interior.
—Aún no ha terminado —Edward la dejó de pie en un maravilloso dormitorio lleno de luz desde el que se divisaban las aguas del estrecho de Bósforo—. ¿Sabes que nunca he dicho a una mujer que la amo, e incluso hoy me siento avergonzado de decírtelo a ti?
—¿Avergonzado? —repitió Bella, incrédula.
—Pero mi amor es tuyo, y siempre lo ha sido —proclamó Edward, tenso.
—Siempre lo ha sido... —repitió Bella, hipnotizada por el hecho de ver a Edward esforzándose en pronun­ciar unas palabras que tanto le costaban, apenas ca­paz de pensar en lo que le estaba diciendo.
—A los diecinueve me creí enamorado de Tanya, pero no supe lo que era el verdadero amor has­ta que te conocí. Ella solo hirió mi orgullo y me dio una excusa para proclamar a partir de entonces que el matrimonio no era para mí —murmuró él, serio—. Aún me hace hervir la sangre que te contara todas esas ridículas mentiras.
—Olvídalo. Solo estaba envidiosa y quería estro­pear mi felicidad —dijo Bella, mucho más interesada en lo que Edward había admitido hacía unos momentos.
—Hace tres años, cuando nos conocimos, yo era un tipo muy listo, o al menos creía serio —Edward hizo una mueca de desagrado dirigida a sí mismo—. Te quería en mis términos y, aunque tú valías mucho más que eso, mi habitual éxito con las mujeres me había convertido en un hombre egoísta y arrogante. Mi obstinada creencia en que nunca me casaría es­tuvo a punto de destruir nuestra relación. Pero esta vez, cuando volvimos a vemos después de tres años, estaba aún peor...
—¿A qué te refieres?
—Estaba terriblemente celoso de Gigandet. Pensa­ba que estabas en Turquía solo porque él se había ido con otra mujer. Cuando me di cuenta de que eras virgen, me quedé destrozado, pero los celos es­taban tan asentados en mí después de tres años que empecé a sospechar que, a pesar de que no te habías acostado con él, sí lo habías amado. Los primeros días que estuvimos juntos me comporté como si solo me funcionara una neurona en el cerebro.
—¿Estabas celoso de James...?
—Cuando te oí hablando por teléfono con él, su­frí de nuevo la tortura de sentirme un segundón.
—Y a pesar de todo seguiste adelante con la boda porque me amabas —dedujo Bella con inmensa satisfacción, pues Edward había demostrado que su amor era lo suficientemente intenso como para superar cualquier obstáculo, incluyendo su orgullo.
—Hace tres años traté de convencerme de que mi amor por ti había muerto—confesó él tenso—.Pero ahora sé con certeza que tú me amabas entonces y que debí hacerte mucho daño...
—Eso es cierto —concedió Bella—. De pronto, te fuiste y empecé a creer que solo había imaginado que hubiéramos compartido algo valioso. Deduje que lo nuestro solo había sido una aventura más para ti...
—¿Una aventura más? —repitió Edward, y rió con amargura—. Pasaron más de seis meses antes de que pudiera ver cualquier melena castaña y larga por la calle sin que mi corazón se pusiera a latir aceleradamente con la esperanza de que fueras tú. Aquel año trabajé como un auténtico poseso para dejar de pensar en ti a cada instante. Nunca creí que pudiera existir un amor así hasta que me quedé sin ti.
Bella no pudo evitar sentirse aún más feliz al en­terarse de lo mal que lo había pasado Edward sin ella.
—¿Y cuándo decidiste que seguías enamorado de mí? —preguntó.
—Siempre intuí que mi amor por ti seguía oculto en mi interior, acechando...—Edward dejó escapar un profundo suspiro—. Pero lo mantuve controlado has­ta que volví a verte. Entonces perdí la cabeza y empecé a tomar malas decisiones. Creí que me estaba vengando de ti cuando te llevé a Sonngul, pero, en realidad, lo único que estaba haciendo era buscar excusas para estar contigo. No me di cuenta de lo que estaba haciendo hasta que fue demasiado tarde. Pero supe que te amaba en la ceremonia civil...
—¿Y por qué no lo mencionaste? ¿Por qué has esperado hasta ahora?
— Te había tratado de una manera infame, y me avergonzaba de ello. No te había valorado como debería haberlo hecho. No me consideraba con dere­cho a hablarte de amor. Lo único que conseguí fue causarte más pesar, y eso es lo que más lamento.
—Yo misma me ocupé de eso —reconoció Bella—. No me animaba a contarte lo que había tenido que aguantar de James...
—Yo notaba que me estabas ocultando algo. No se te da muy bien disimular —dijo Edward con suavi­dad—. Cuando supe que había un secreto, mis sospe­chas sobre la naturaleza de tu relación con James se negaron a desaparecer. Sin embargo, se esfumaron en cuanto escuché la verdad.
Bella se ruborizó.
—La sinceridad tiene sus compensaciones.
—Pero una ambiente de suspicacia y desconfian­za no alienta la sinceridad —Edward la miró con expre­sión tensa—. Lo único que quiero preguntarte ahora es si crees que algún día podrás volver a amarme.
Bella lo miró un largo momento antes de contes­tar. No quería soltarlo del anzuelo con tanta rapi­dez.
—Todo es posible —contestó.
—Mi amor es lo suficientemente intenso como para compensamos a ambos, güzelim.
—Estoy empezando a creer que eso es cierto —Bella se acercó a Edward hasta quedar a escasos centí­metros de él, y lo miró a los ojos—. Pero, por suerte para ambos, yo tampoco fui capaz de superar lo que sentía... y sigo perdidamente enamorada de ti.
De inmediato, Edward la estrechó entre sus brazos sin mostrar la más mínima contención.
—No habrás dicho eso solo para complacerme, ¿no?
—No soy de esa clase —dijo Bella, divertida ante aquella sugerencia—. Te quiero tanto como se puede querer y nunca he conocido a nadie que me haya hecho sentir lo mismo que tú.
—Debe haber un montón de perdedores por ahí, porque tampoco puede decirse que lo que he hecho sea precisamente digno de admiración —murmuró Edward, y a continuación reclamó la boca de Bella con pasión.
Las cosas avanzaron con gran rapidez a partir de aquel momento. Las cortinas se cerraron, las ropas cayeron sin ninguna ceremonia y los novios retoza­ron entre las sábanas de la cama conyugal para resarcirse por las diez noches que habían tenido que dormir separados.
—Me he pasado cada noche de esta semana cami­nando de un lado a otro de la habitación... ¡te echa­ba tanto de menos! —confesó Edward.
Entre beso y beso, Bella acogió en su interior para siempre aquel sentimiento de seguridad y se deleitó con la hambrienta ternura de Edward y la in­creíble felicidad que reflejaban sus ojos. Hubo una nueva dimensión en su forma de hacer el amor, una maravillosa y satisfecha intimidad des­pués, mientras permanecían cálidamente abraza­dos.
—Creo que ya sé por qué no me había enamorado antes —murmuró Edward—. Una especie de percepción debió advertirme de que probablemente iba a ser una experiencia embarazosa en la que se iba a poner a prueba mi humildad...
Bella sonrió.
—Pero yo soy tu recompensa... y reconozcámos­lo: la humildad no es precisamente uno de los ras­gos más fuertes de tu carácter —bromeó, confiada—. Te quiero aún más por ser tú mismo.
—¿Con defectos y todo?
Bella asintió.
Una sonrisa radiante curvó los labios de Edward. —Eres lo mejor que me ha pasado en la vida... Te quiero más que a nada en el mundo.
- - - OoO - - - OoO - - - OoO - - - OoO - - - OoO - - -  
Aquí está, el capítulo final, pero todavía falta un poquito mas...
Si, va a haber un pequeño epílogo de dos años después.
El martes lo publicaré, y así podremos dar fin  a esta historia...
Luego me dedicaré a mis historias y a otra adaptación.
¿Merezco un comentario?
Los amo!!

1 comentario:

  1. Que lindo!!!!! Ya estoy deseando que sea martes...bah...que digo...no quiero que se pase el fin de semana...jaja...pero si quiero el epilogo...
    Besos

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